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today19 noviembre, 2023 10

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Unas pisadas felinas masajeaban mi cuerpo como la masa de una pizza a primera hora de la mañana. Pareciese que quisiese moldear mis emociones, o quizás, solo un poco de amor. Abro los ojos entre ronroneos, y el corazón me late con fuerza. Daba las gracias por despertarme una vez más con vistas al tatuaje de su espalda. Entre silencios que van y vienen nos entendemos entre nuestro lenguaje del amor. Me regala un beso en la frente, intentando reparar todos aquellos planes de futuro, que él nunca rompió. Admiraba su capacidad de ayudarme, aún cuando él la necesitaba más.

Nos miramos fijamente a los ojos, entre los interrogantes de un «cómo hemos vuelto a acabar así». Ambos colocamos frente al estrado a la principal sospechosa, a aquella pregunta de la noche anterior: ¿te quieres quedar conmigo?. Había vuelto a pecar contando el número de baches entre escapadas clandestinas de media noche. Sin embargo, la luna no arrojaba una luz de desaprobación entre algo que tenía que terminar sucediendo, aunque pudiese quedarse en solo una experiencia a voces.

Entre medio de las sábanas se le escapa una sonrisa y a mí, se me para la vida. Por costumbre y bandera sus ojos estaban apagados y su alegría marchita. No llegaba a comprender si podría haber sido la responsable de aquel brillo mañanero, más allá de eso, ya me hacía feliz el simple hecho de que se sintiese así.

Neruda tenía razón en sus versos. El amor era corto, y largo el olvido, seguramente porque no podíamos dejar de buscarnos. Ya habían pasado los meses, y también se había cumplido aquella promesa de volver a intentarlo. Sin embargo, cualquier amor por grande que sea, se cansa de tanto esperar. Los apósitos y las medicinas no habían terminado de hacer efecto. ¿Y ahora qué?

Escrito por Raquel Valle

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