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El Vals de las flores by Raquel Valle. Concurso Literario

today11 mayo, 2024 1

Fondo
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Las gerberas decoraban el jarrón, aportándole a la cocina un toque primaveral. El conjunto de colores competía con un círculo cromático, que no dejaba de girar como las agujas del reloj. Sus líneas temporales se encontraban teñidas de colores cálidos, recordando, que cualquier tiempo pasado fue mejor.

Todos los primeros viernes de cada mes, él me regalaba una infidelidad por cada hoja. Era su forma de demostrar que no lo volvería hacer, y recibirlas, era la manera, en la que me hacía creer a mí misma, que era cierto. La cafetera me silbaba desde la otra punta de la estancia. Yo, como un perro fiel y obediente, me acercaba a por ella a paso rápido. El asa me quemaba los dedos sin apenas darme cuenta. El dolor emocional superaba el físico, pero ¿Qué era una raya más para un tigre? Podía seguir compartiendo piso y cuerpo con aquellas quemaduras emocionales de tercer grado, que me iban consumiendo, de fuera hacia adentro, poco a poco y en silencio.

Su perfume me devuelve al presente. La taza no brilla, la cucharilla no se encuentra colocada a la izquierda y el café no está lo suficientemente frío. Aunque me esforzase al máximo, había integrado en mi memoria RAM, que nada de lo que se hiciese, estaría bien. Se acerca a la encimera, mirando con desprecio el desayuno, y contemplando, desde lejos y con hastío mi rostro. Lanza con violencia el contenido sobre el fregadero recién abrillantado y el recipiente se parte en dos. El estruendo forma parte de la rutina. Termina de anudarse la corbata, mientras se marcha en silencio hacia sus prioridades.

La puerta se cierra, dejando tras de sí una atmósfera algo más segura y tranquila. Me acerco a examinar los daños y me encuentro reflejada en los recuerdos rotos. ¿Cómo he llegado hasta aquí?. Las flores no eran el elemento principal que me mantenían atada a esta situación, pero sí, su significado. Al clavar las pupilas sobre el jarrón multicolor me trasporto hacia un pasillo que no debía haber recorrido nunca. Un camino de ida, pero sin vuelta, decorado por una gran alfombra roja, cuya última parada, era una palabra, era una promesa, que me ligaba a quedarme atrapada en un futuro idealizado.

Mi teléfono móvil ya no suena, todos han dejado de hacer ruido. Se acostumbraron a ver esta versión incompleta de mí, que me negaba a rellenar con amor propio. Las palabras de cariño y afecto de mis seres queridos no son lo suficientemente profundas para hacerme entender que este no es mi lugar. Sin embargo, me ata un hilo rojo invisible, el mismo que un autor creó para hacernos creer que no somos libres y que estamos atados a alguien de por vida. Quizás yo quería mantenerme amordazada, mientras que ello se tradujese en no volver a sentir el dolor de la soledad. Cierto o no, la decisión estaba en mis manos, aunque buscase a cualquier tercero para entregársela, como una patata caliente que me abrasaba la piel.

No estoy preparada para soportar la carga emocional, pero tampoco tengo la suficiente fuerza para hacer la maleta y marcharme. Necesito pedir ayuda, pero me encuentro como una naufraga en medio del mar, o más bien en el fondo. Intento hablar, pero mi voz rebota en forma de burbujas y se apaga en la oscuridad.
Decido recoger los trozos de porcelana y tirarlos a la basura. Me corto y comienzo a sangrar. En el baño me curo las heridas, aquellas que sí se ven. El color rojo me recuerda a las rosas que me regalaron mis padres durante la graduación. Me encantaba la medicina, pero ya no ejerzo. Desde unos años me limité a cuidar de mi casa y de mi marido. Tampoco era tan buena doctora, y con su salario, podemos mantenernos.
Una mañana más comienzo a hacer mis labores del hogar. Recojo la casa y miro cuidadosamente cada arruga de los cojines, todo tiene que estar perfecto para su regreso. En el interior del mueble de su estudio, encuentro sus flores, las que le hacen volar a otro universo. Cierro el cajón con fuerza, culpándolas a ellas de sus malas decisiones. Decido olvidar lo que han visto mis ojos y me dirijo hacia mi rincón de paz, el estudio de danza.
Desde hace ya unos años guardé mis puntas en el fondo del armario, enterrándolos como mi sueño de ser bailarina. El Vals de las flores había dejado de sonar el día que me silenciaron. Estar expuesta al público en un maillot de licra, podría considerarse lo suficiente provocativo como para despertar su ira y “El pas de deux” que se traducía en español como: infidelidad. Entonces deslizo la mano por la barra, despertando todas aquellas sensaciones de una infancia feliz, en la que me perdía entre acordes y sonreía al espejo. Sin embargo, a día de hoy, no me devuelve la sonrisa. ¿Qué había hecho la vida conmigo? O mejor preguntarme, ¿Qué estoy haciendo con mi vida?.

La puerta del garaje se abre con estruendo y me despoja de mis recuerdos. El tiempo pasa, y lo suficientemente rápido, sin apenas darnos cuenta. Ya estaba aquí, ya había vuelto a casa. Durante la mañana me había enfrascado tanto en mi mente, que me había olvidado de preparar el almuerzo y él, no se iba a saciar con cualquier excusa.

Llamo a la dignidad, pero no responde. Automáticamente me encuentro de rodillas en el suelo, frente a la puerta de la entrada. Me encuentro preparada psicológicamente para recibir el castigo que me merezco. Él entra y cierra la puerta tras de sí y escucho ese maldito mantra: “¿por qué me haces enfadar?”.
Comienza la guerra.

Bien dice el dicho que puedes utilizar un cascanueces, en lugar de pasar una rueda de camión por encima. Aquello, que en una mente sana alcanzaría a llamarse “principio de proporcionalidad”, aquí y ahora, en esta realidad, no existen los principios y tampoco los valores. Recibo el primer golpe, y por primera vez al cerrar los ojos, veo luz en lugar de oscuridad.

Las flores habían sido testigo de muchos momentos especiales a lo largo de la vida, y cómo no iban a estar presentes, ahora también, sobre mi tumba.

Escrito por Raquel Valle

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