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IV Certamen de relatos por la eliminación de la violencia contra la mujer 25N

today15 noviembre, 2023 13

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NO PUEDES HACER MÁS QUE REZAR POR TENER SUERTE

El giro de la piedra del mechero daba paso al gas licuado, sometido a presión, que se liberaba al abrir la válvula de escape. El proceso de encendido, a través de una chispa, les llevaba a ambos a su estado natural: la visceralidad.
Con cada calada el nivel de dopamina volvía a subir, como un columpio que balanceaba sus emociones. Ahora tocaba volver a estar arriba. Tras un parpadeo prolongado, podía encontrar en sus pupilas un poco de humanidad.

Desde el otro lado de la cama veía como se fundía el aire con el humo del tabaco. Mientras, me acurrucaba entre las mantas, con la esperanza de que en cualquier momento, pudiesen servir como escudo protector. Las cuencas de mis ojos ya estaban acostumbradas a soportar el caudal, que carecía de llave de paso. De repente sus labios se separan, pronunciando de nuevo las mismas palabras, como el estribillo de una canción interminable con un tono resignado.

“¿Por qué me haces enfadar?”.

La vía más rápida y cercana podría haber sido la física, pero era demasiado fácil y evidente. Elige nuevamente la bifurcación psicológica, esa que deja marcas invisibles en el alma y en el corazón. Entonces coloca su mano tatuada sobre mi vientre.
Los recuerdos vuelven a aflorar acogiendo un color rojo oscuro. Reflexiono fríamente si esta vida se la desearía a alguien más. Al menos mi destino había sido, en parte, deliberado. Sin embargo, el de ella hubiera sido un futuro impuesto, del que nunca hubiéramos podido salir. Cierro los ojos y me refugio en el consuelo del proverbio  “Todo pasa por algo”.

Unilateralmente decide que es momento de volver a intentarlo. Con cada embestida y quemadura del cigarro sobre mi piel intento recordar en qué momento terminé aquí, desnuda, muda y sin voz. Mis derechos humanos eran violados sin piedad en el escenario de un infierno en el que no encontraba la salida de emergencia.

La pesadilla había terminado, era hora de volver al Olimpo, aquel lugar en el que actuábamos como la pareja perfecta. Nos ponemos la ropa, en mi caso, el disfraz. Comienzo a tapar mis ojeras con maquillaje, esperando a recoger el premio a la mejor actuación de aquella novela negra.
Entre la muchedumbre de un nuevo evento social encuentro una mirada triste a juego con la mía. Quizás la única forma de salir de aquella selva era agarrándome a una liana, aunque ésta se encontrase también casi partida por la mitad. Era la crónica de otra muerte anunciada, que probablemente, finalizaría con una caída, que produciría aún más daño. Aquella noche pude escapar de la sección de sucesos del periódico local, pero no de reducirme a un simple número más. El color violeta me perseguía, recordándome cada día, que a partir de ahora era la única responsable de mi destino

Escrito por Raquel Valle

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